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La lógica del euro ¿Qué está pasando en Europa? ¿Cómo podemos resolver la situación?
José María Aznar
Expresidente de España. Presidente de Faes. , Fundación para el Análisis y los Estudios Sociales
2013-02-08
 

La historia de la Unión Europea ha sido siempre la historia de un gran éxito; una que no se había producido en esas mismas circunstancias en ningún momento y que, por lo tanto, tiene algo de excepcional. Un conjunto de países dedicados al carbón y al acero pasó a ser una comunidad económica, para luego convertirse en una unión sostenida sobre pilares económicos; con un gran mercado, una moneda única, y un cuerpo y órganos institucionales propios.

Vale la pena recordar que esta ha sido la zona más importante del mundo en términos económicos y comerciales, que se ha caracterizado por tener altos niveles de vida y prosperidad. En ella se han establecido democracias estables y estados de derecho sólidos, se han respetado los derechos de las personas, se han garantizado las libertades, y se han creado estados de bienestar extraordinariamente fuertes y poderosos. Aunque estos últimos han constituido un inconveniente para muchos países, desde todos esos puntos de vista, las naciones que forman parte de esta unión han logrado ponerse de acuerdo sobre cuestiones que alguna vez fueron problemáticas y han compartido iniciativas, objetivos y soberanías. Han combinado la historia de diferentes países con diversas culturas, ambiciones, lenguas y tradiciones, en una iniciativa única desde una perspectiva histórica, que a su vez pudo sortear también dos de las mayores amenazas a las que Europa se enfrentó durante el siglo pasado: el comunismo y el fascismo.

Obviamente, los europeos pecaríamos de arrogantes si pensásemos que todo eso lo hemos hecho nosotros solos, porque no es verdad. Algunas veces, en los debates europeos se contraponen la visión de una Europa atlántica y la visión de lo que algunos llaman una Europa europea. Olvidando a los que defienden esta segunda posición, la Unión Europea es hoy una realidad gracias a la existencia del Pacto Atlántico, y será una realidad o no en el futuro, dependiendo de que éste se fortalezca.

 

Reglas esenciales

Cada vez que Europa ha sido coherente con sus principios fundacionales, creando un mercado interior y fomentando la unión monetaria del euro, ha dado un salto importante hacia adelante. Pero la Europa que se enfrasca en debates institucionales absurdos; que crea burocracia sin definir las políticas; que se olvida de aplicar las recetas establecidas en la agenda de Lisboa para el año 2000, cuyo objetivo político era hacer de ésta la zona económica más importante del mundo, comete un gravísimo error. Y justamente, vivimos uno de esos momentos que, desde el punto de vista histórico, es crucial para nuestro futuro. Es un periodo de especial crisis en la vida de Europa, no sólo relacionada con la eurozona o con la moneda común, sino también con su propia evolución, que parte de una situación de insostenibilidad y que debe llevar a los actuales dirigentes europeos a tomar una serie de medidas y decisiones.

Es cierto que está en discusión si, en términos teóricos, la eurozona ha resultado ser una zona monetaria óptima o no, hasta el punto de que muchas personas se plantean si lo que realmente está en crisis es la moneda o algunas economías de la zona. Con todo, vale la pena recordar que ésta se concibió como una zona monetaria con reglas fundamentadas sobre un pacto de crecimiento y estabilidad y no sobre una unión fiscal entre los estados de Europa, y que los primeros países que no respetaron ese pacto fueron Francia y Alemania. Al hacerlo, enviaron al resto de naciones un mensaje políticamente relevante que trajo consecuencias nefastas.

El hecho es que la creación de la zona euro produjo durante varios años, en muchos países, una expansión de la seguridad, del bienestar y de la prosperidad, sobre la base de que la moneda única tenía dos reglas esenciales: la estabilidad, junto con la disciplina, y la flexibilidad, para ganar competitividad. Dicho de otro modo, el euro era una moneda que daba garantías y seguridad pero exigía economías muy flexibles y competitivas. Olvidar esas reglas esenciales es lo que ha traído problemas. Si cada país pierde la disciplina porque piensa que siempre va a haber prosperidad y crecimiento, que es irrelevante aumentar de manera irresponsable los presupuestos, que se puede vivir en un proceso de endeudamiento multiplicado, o que los déficits en el fondo no tienen gran importancia, hay un problema que empeora si, además de perder la disciplina, se pierden la competitividad y la flexibilidad. Dado que no se dispone del recurso de la devaluación, la oportunidad de ganar competitividad viene dada sólo por la posibilidad de implementar unas reformas complicadas –claramente cuestionadas– en materia de salarios, de impuestos y de rentas.

 

Las consideraciones

En mi opinión, los pasos que hay que dar deben derivarse primero de la lógica del euro. Hoy en día se dice que es necesario unir políticamente la Unión Europea y que es la única salida. En el supuesto de que eso fuera posible, porque los tratados de la Unión Europea lo permitiesen (que no lo hacen), las constituciones de los países lo avalaran (que tampoco lo hacen) y de que fuera deseable –que también es cuestionable–; en el supuesto de que no nos acordásemos de que es un asunto del que se viene hablando desde los años ochenta y que ya fracasó por distintas razones, plantear que a corto plazo se pueden organizar unos posibles estados unidos de Europa o una inevitable federalización europea es, a mi juicio, una visión equivocada de las circunstancias actuales de la región. Eso no será posible por una sencilla razón: porque la historia de este continente es la historia de las naciones que lo conforman y no se puede construir algo en contra de esa trayectoria.

Ante esta situación, parece haber dos ideas contrapuestas en Europa: la de aquellos que defienden que la austeridad es compatible con la flexibilidad –que entra en la lógica del euro– y la de aquellos que defienden que en circunstancias excepcionales hay que tomar medidas excepcionales. La Unión Europea (UE) estaría abocada a hacer dos cosas más o menos con carácter inmediato: monetizar la deuda, es decir, implementar una política parecida a la política norteamericana del quantitative easing, o hacer una unión fiscal, en la cual se pudiesen producir transferencias de renta entre distintos países de la UE. Es obvio que una unión fiscal no se va a crear ni a corto ni a mediano plazo, ni tampoco parece posible que se vaya a optar por una política similar a la del quantitative ealing, por lo que habrá que pensar qué posibles pasos pueden dar los actuales líderes de la eurozona y de la Unión Europea para intentar mejorar la situación.

El segundo aspecto en discusión es la necesidad de hacer una unión fiscal rápidamente. Pero ¿qué significa esto en realidad? ¿Significa acaso que todos tendremos los mismos impuestos, la misma deuda? ¿Quiere decir que todos renunciamos a la soberanía sobre los presupuestos y sobre la economía de cada país? ¿Es posible efectuarla y de manera tan inmediata? Mi opinión sincera es que eso tampoco se va a hacer, y que una cosa es incrementar la cooperación entre los estados miembros de la Unión Europea, con reglas más estrictas, y otra cosa distinta es hacer un ejercicio de renuncia de soberanía global en forma inmediata a corto plazo.

El tercer aspecto que hay que considerar es que el proyecto de unión monetaria aún no ha finalizado. ¿Qué significa un área monetaria de estabilidad en términos de una moneda común? Significa que no existen mercados financieros nacionales, sino solamente un mercado financiero único. Si éste se dividiera otra vez en 17 mercados financieros nacionales –que es lo que ocurre ahora–, el euro tendría un problema serio, porque rompería su propia lógica. Si, además de eso, lo que se podía haber realizado desde el punto de vista de las instituciones privadas no se hace teniendo en cuenta la supervisión, el control y las garantías para los depositantes en los bancos, entramos en la dinámica en la que se habla permanentemente de rescates, intervenciones, necesidades y presiones.

En la actualidad, el euro tiene valores distintos en todos los países de la UE y esa no es la situación ideal, como tampoco lo es que haya países que se tengan que financiar en los mercados pagando tasas de interés de un 7%, mientras otros en la misma zona pagan tasas de interés del 1%. Eso pasa en gran medida porque no se ha respetado la propia lógica de la zona euro, ni su creación como una zona de estabilidad monetaria, y no se ha producido un sistema de integración financiera como el que teníamos que haber producido.

 

Los pasos que hay que seguir

Lo que yo creo es que se debe hablar de una unión financiera, ya que esto forma parte de la propia naturaleza de la existencia de una zona común. Lo que no es sostenible es tener una moneda igual para todos y no tener ni un regulador, ni un supervisor, ni un fondo de garantías de empréstitos en común, y menos que en una época de crisis económica el acceso a la financiación de los mercados esté absolutamente bloqueado para muchas naciones. El futuro de la UE está indisolublemente unido al del euro y, por lo tanto, si el euro tiene problemas existenciales graves, la Unión Europea, tal como la hemos conocido hasta ahora, dejará de existir.

No es acertado pensar que esto se debe a un problema económico, por eso empecé recordando la historia de la Unión Europea. Si el fin de ésta llegase, se producirían no unas convulsiones económicas formidables sino unas convulsiones políticas extraordinarias, que retraerían la política de las ideas europeas 60 años, hasta el momento en que Europa dejó de ser un problema para el mundo y se convirtió en parte de la solución. Por consiguiente, pienso que las cosas hay que tomarlas con toda la seriedad necesaria, sabiendo que no hay soluciones fáciles, pero también teniendo presente que lo más coherente es responder siempre a la lógica económica.

Desde la segunda guerra mundial, cada generación europea se acostumbró a vivir mejor que la anterior. La próxima generación vivirá peor debido a que la extensión del Estado de bienestar creado en Europa no es financieramente sostenible. El problema con esto es que cuando muchos países se acostumbran a vivir en la prosperidad y a disfrutar de grandes protecciones sociales, pero las dejan de tener porque son insostenibles, hay consecuencias políticas que afectan la propia existencia y legitimidad de los sistemas. Se debe ser especialmente cuidadoso con el respeto de las normas democráticas, porque además de tener países intervenidos, pseudointervenidos, con vías de intervención o camino a la intervención, podemos también tener naciones cuyos gobiernos no son una expresión de la soberanía democrática plena. Esto, sumado a la persistencia de la crisis, podría generar un surgimiento de elementos políticos extremistas en la política europea. Por tanto, considero que sobre esos tres pilares: la disciplina del respeto de las reglas, las reformas estructurales y la competitividad, junto con la lógica del euro, se pueden dar pasos muy concretos. Cuanto más tardemos en hacerlo, más problemas vamos a tener.

En la situación en la que se encuentra hoy Europa, hay que aceptar la realidad y tomar medidas. En mi opinión, eso significa recuperar el espíritu y los principios creadores del euro en términos del cumplimiento estricto de las reglas y de la disciplina presupuestaria: que no se gaste más de lo que se tiene y que no haya más endeudamiento del debido. Entender que tener déficit está mal. Lo segundo es que, si queremos ser coherentes con la lógica del euro, debe haber una política y un proceso de reformas importantes en los países de la zona. Probablemente cada nación deberá escoger el camino que más se adapte a sus necesidades y objetivos y que promueva su competitividad; lo que habría que exigir son los resultados de las políticas que cada uno aplique.

Los europeos tenemos a lo largo de nuestra historia, en nuestro bagaje, haber creado problemas en muchos sitios del mundo; pero también es verdad que somos la base de las raíces culturales de la civilización de hoy. Por eso no debemos plantearnos un horizonte en el cual la Unión Europea se pueda convertir otra vez en un problema para el mundo, lo que requiere una visión estratégica por parte de los líderes europeos. El mundo ha cambiado y la Unión Europea debe adaptarse. Por ello, espero que la toma de decisiones vaya en el sentido lógico de las cosas; dé a los países una posibilidad de futuro, crecimiento y estabilidad, y permita a muchos ciudadanos europeos recuperar la esperanza.

 

(*) Extracto de la conferencia dictada durante el foro conmemorativo

de los 25 años del instituto de Ciencia Política Hernán Echavarría

Olózaga “Democracia capitalista o capitalismo democrático”,

realizado en Bogotá (Colombia) el 27 de junio de 2012.

   
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