Mucho se ha dicho sobre la falta de liderazgo y la débil gestión de José Miguel Insulza, actual secretario general de la Organización de Estados Americanos (OEA), sin embargo, hasta la fecha, parece ser el único candidato interesado en continuar con esta tarea, a pocas semanas de realizarse la Asamblea General Extraordinaria para elegir su relevo.
La falta de candidatos a suceder a Insulza no es más que una muestra del debilitamiento interno de la OEA, que no sólo ha sido criticada por su escasa capacidad de intermediación en conflictos como los presentados entre Colombia, Venezuela y Ecuador, o la poca determinación frente a los hechos que acompañaron la destitución del presidente Zelaya en Honduras, sino por las dificultades financieras que atraviesa, aún siendo Estados Unidos y Canadá sus mayores aportantes.
De fondo, sin embargo, hay un telón mayor: el débil liderazgo y capacidad de acción de los países miembros para hacerle frente a los grandes retos que acompañan a América Latina, representados no sólo en dos modelos políticos diametralmente opuestos, sino en tensiones crecientes de índole político, comercial y de seguridad.
Así las cosas, ¿para qué hablar de la sustitución de la OEA o de la creación de nuevos organismos supranacionales como el propuesto en la reciente cumbre del Grupo de Río en Cancún, bajo el nombre de Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac), si la realidad política del continente muestra que, más que esfuerzos de integración y preservación de la institucionalidad democrática, lo que existe es una puja de poder entre un discurso retardatario y un ala progresista, al mejor estilo de la guerra fría?
¿Qué garantiza, como lo proponen sus artífices, que un espacio netamente latinoamericano, sin la presencia de potencias como Estados Unidos y Canadá sea capaz o, mejor aún, esté realmente interesado en ayudar a avanzar a la región hacia una agenda común? América Latina cuenta con una agenda compartida en temas de narcotráfico, lucha contra la pobreza, problemáticas ambientales y presencia de actores armados ilegales, entre otros asuntos, sin embargo los planes individuales de los países, en especial de aquellos influenciados por el presidente Chávez, parecen ir claramente en otra dirección.
Si bien es importante contar con organismos propios que lleven la vocería de la región, ¿para qué más Grupos de Río, Albas y Unasures, si los miembros ya muestran evidencias de desconfianza y falta de interés en el diálogo mutuo, como ha venido sucediendo hasta ahora?
¿Para qué espacios sin la presencia de naciones como Estados Unidos, Canadá y España, si a la par se vienen desarrollando encuentros y alianzas con países como Irán o China, contrarios a la tradición democrática de occidente y que traen mayor tensión a la región? ¿Para qué nuevas OEAs y cartas democráticas interamericanas, si al apuntar hacia nortes diferentes nadie podrá ponerse de acuerdo sobre qué son abusos o violaciones a la carta y qué sanciones o castigos imponer a los países miembros?
La solución no parece estar en seguir potenciando liderazgos disonantes o legitimar relaciones vecinales basadas en el irrespeto y el descrédito como ocurriría en un nuevo ente supranacional, sino revisar la evidencia histórica y volver a discutir sobre el mejor futuro para América Latina, que ya ha hecho un esfuerzo correcto e importante por consolidar su democracia y principios como la libertad, la libre empresa y el equilibrio de poderes. ¿Cómo restablecer la confianza, cordialidad y norte común en el continente? No creo que la propuesta de creación de la Celac, presionada por el presidente Chávez, sea la respuesta.