En los comicios del próximo 30 de octubre, Colombia, además de elegir a 1.102 alcaldes municipales, 418 diputados a las Asambleas Departamentales, 12.203 concejales municipales, 32 gobernadores departamentales y más de 1.000 ediles de las Juntas Administradoras Locales, definirá la base que sostendrá el andamiaje de la democracia nacional.
Aunque muchas personas daban por hecho que en materia de amenazas a las elecciones lo peor ya había pasado, que ya se había logrado contener la captura del Estado (regional y local) por parte de las organizaciones criminales, la recurrencia y la magnitud de las denuncias sobre la influencia que podrían tener poderes ilegales sobre los resultados electorales, han encendido las alarmas a tal punto que los poderes ejecutivo y judicial se están viendo obligados a desempeñar una ardua tarea para que las organizaciones mafiosas, redes de corrupción o grupos armados ilegales mantengan el control sobre los poderes político e institucional, del nivel local y regional.
En un reciente informe de la Misión de Observación Electoral (MOE) se señala que el riesgo electoral está menos relacionado ahora con la presencia de grupos armados ilegales que en pasadas elecciones y que son los políticos los principales agentes de riesgo. De hecho, según los mapas de riesgo elaborados por la MOE, de los 429 municipios que estaban en situación de riesgo por anomalías de fraude electoral y violencia en las elecciones de 2007, esta vez sólo hay 241. De igual forma, la MOE anota que en lo referente al fraude electoral, el riesgo de trampa se presenta en 544 municipios, esto es en la mitad del territorio nacional, cuando en 2007 se presentó en 328 municipios. Así mismo, señala que hay 41 municipios más en la lista de riesgo que en 2010.
Lo grave del asunto está en que esos poderes ilegales no actúan solos, sino que están apoyados de manera difusa por dirigencias políticas y empresariales que han ido sacando provecho del control territorial y del poder electoral de los ilegales. No se trata sólo de los viejos caciques municipales y departamentales que pactaron con los grupos ilegales distintas formas de apoyo, para exterminar o forzar la captura del Estado; también se trata de unas nuevas dirigencias conformadas por personas que fueron llegando al poder territorial de la mano de estos ilegales.
Otro fenómeno no menos importante es la localidad, idoneidad y ética de los actuales candidatos. De acuerdo a los datos del Ministerio Público, en los dos últimos años se han suspendido o inhabilitado a 302 alcaldes y 29 gobernadores, y se adelantan 28.000 investigaciones por corrupción. Las razones por las que más son sancionados son las irregularidades en la celebración de contratos, violación del régimen de incompatibilidades, expedición de actos administrativos sin respetar la ley, apropiación de recursos del erario público o por comprometer el patrimonio de los municipios o del departamento sin la apropiación presupuestal correspondiente.
A simple vista se pensaría que los partidos, en una u otra medida, deberían asumir la responsabilidad de ser los garantes de la idoneidad de los candidatos avalados. En los partidos grandes, una facción –la modernizante– parece estar perdiendo la batalla interna con la otra facción –la que busca conservar los feudos a como dé lugar–; las pujas para definir avales fueron verdaderas guerras. Al respecto, diversos analistas argumentan que el 90% de los candidatos cuestionados no fueron sacados de las listas por los partidos. En el caso de Cambio Radical por ejemplo, a pesar del interés de su presidente de sacar candidatos por “conveniencia política” –es decir, porque no tenían antecedentes pero estaban cuestionados– cuando lo hizo, fue demasiado tarde; y ahí están.
La primera impresión sobre estas elecciones muestra que las reformas para fortalecer a los partidos no han funcionado. Hoy los partidos son marginales y eso es preocupante, porque si los partidos funcionaran bien, serían los llamados a ser una barrera de contención a las incursiones de la ilegalidad en la política.
Pero no todo es desalentador. Esta vez no se puede decir que el Estado no está haciendo nada; se han desplegado nuevas herramientas para tratar de ponerle tatequieto a la ilegalidad y la Registraduría estrenó un nuevo software que permite identificar una posible manipulación de listados de jurados. Por su parte, el Consejo Nacional Electoral estrenó Cuentas Claras, un aplicativo en línea para que los candidatos registren cómo están gastando el dinero en sus campañas. El Ministerio del Interior puso la lupa sobre 75 municipios; contrató a la Fundación Nuevo Arco Iris para hacer un estudio sobre candidatos con posibles vínculos con grupos armados ilegales y puso esa información a disposición de los partidos. El Congreso aprobó una reforma para cerrarles el paso a los contratistas en la financiación de las campañas. La Procuraduría, la Contraloría y la Fiscalía revisaron antecedentes de los aspirantes. El Consejo Nacional Electoral puso el último filtro al revocar la inscripción a 870 candidatos, la gran mayoría a concejos. Y el día de elecciones también se va a estrenar, por ahora en un 10% de las mesas, la identificación biométrica, un sistema electrónico para atajar fraudes pues identifica al votante a través de su huella dactilar.
Estas elecciones sin lugar a duda pondrán a prueba el aparato institucional del Estado colombiano. De igual forma urge abrir el debate en torno al proceso descentralización (no con el ánimos de volver al centralismo) a fin de evaluar los aciertos y los obstáculos. Finalmente se debe analizar a fondo el papel que viene desempeñando los partidos políticos y la cultura política territorial.