Hace algunos años, durante una cena con amistades, alguien bromeó que la iglesia católica sería la salvación de Latinoamérica. Mientras que el mundo desarrollado y secular parecía estar al borde de una crisis demográfica, mi amigo contaba con que la formidable presencia de la iglesia en la región impediría que hubiese un descenso drástico en su tasa de natalidad. Resulta que mi amigo sobreestimó la devoción eclesiástica de la región, o al menos que se valió de una noción anticuada de Latinoamérica. El hecho es que hoy día, las familias grandes asociadas con nuestros países son cada vez menos comunes. La tasa de reemplazo está a la par o por debajo del 2.1 % – la tasa de fertilidad necesaria para mantener una población estable de una generación a otra.
Riordan Roett, prominente académico sobre temas latinoamericanos, observa que esta tendencia es parte de un fenómeno mundial. “El cambio de alta fertilidad y alta mortandad [de los países en vía de desarrollo] a baja fertilidad y baja mortandad inevitablemente refleja desarrollo social y económico”. Es decir, el hecho que habrá menos latinoamericanos en años venideros es síntoma de la creciente prosperidad en nuestros países. No solo eso, pero con el aumento de la esperanza de vida, también aumentó la edad promedio de las poblaciones de nuestros países. De hecho, Roett indica que se espera que el número de ancianos en la región se cuádruple para el año 2050.
No cabe duda que fenómenos como la disminución de tasas de mortandad infantil y el aumento en la esperanza de vida apuntan hacia una mejor calidad de vida. Pero el progreso también transformará los rostros de nuestras sociedades de formas que no necesariamente estamos equipados para manejar. Tal y como veremos, la recomposición demográfica también pone en relieve muchas de las deficiencias de nuestras economías y regímenes fiscales.
Sin embargo, la atribución exclusiva del descenso en la tasa de a la prosperidad resulta algo engañoso. Resulta creíble la hipótesis que sostiene que el descenso en la tasa de natalidad, y no se diga el aumento de la edad promedio de la población, está ligado a la inmigración de un buen número de personas de edad laboral (y también reproductiva) quienes abandonan sus países por falta de oportunidades. Curiosamente, Roett menciona que la tasa de natalidad de inmigrantes mexicanos en Estados unidos es de 3.1, mucho mayor a la tasa de 2.1 de los compatriotas que residen atrás. Se puede inferir que las personas desplazadas tienden a ser individuos de bajo nivel de capital humano. Corregir esta tendencia a largo plazo requiere, entre otras cosas, mejoras educativas, especialmente a nivel primario y secundario, y la promoción de políticas que mejoren la competitividad y la productividad de la región.
Y sin quitarle importancia a los problemas estructurales, que son mucho más difíciles de resolver, este cambio también podría tener graves consecuencias fiscales. Las pensiones presentarán presiones fiscales al mismo tiempo que disminuirá la población laboral activa, dadas las tendencias actuales, especialmente si se tiene en cuenta que existe un gran mercado laboral informal que no contribuye regularmente a los planes de pensiones. Roett dice lo siguiente:
En el 2005, había 8.7 adultos de edad laboral en Latinoamérica para mantener a cada anciano. Se espera que esa proporción disminuya a 5.7 para 2025 y a 3.1 en 2050. En Brasil, México y Chile, descenderá aún más – a 2.9, 2.7 y 2.5 respectivamente. Eso significa que la carga promedio de cada empleado se triplicará.
La pregunta del millón parece ser: ¿cómo nos la ingeniaremos para obtener más ingresos de una menor población económica? (Yo creo que la respuesta es que no queda otra que invertir en el capital humano de hoy para no ahogarnos mañana). Sólo así se creará la conciencia necesaria para general el capital político necesario para emprender las dolorosas reformas.










Argentina- ha comenzado el año, con medidas que vuelven a sembrar el desconcierto entre la población y los inversores extranjeros de la región. El 7 de enero la presidenta argentina Cristina Fernández de Kirchner, decidía terminar el pulso que mantenía con el entonces presidente del Banco Central (BCRA), Martín Redrado, por la vía rápida. El Ejecutivo ordenaba su cese por decreto, tras haber solicitado, sin éxito, su renuncia después de que éste se negara a ejecutar un decreto presidencial que obligaba al uso de 6.569 millones de dólares –el Fondo del Bicentenario-, de las reservas monetarias nacionales para pagar deudas soberanas.