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La política exterior de Brasil durante la presidencia de Dilma Rousseff continúa un esfuerzo diplomático histórico para posicionar al “gigante sudamericano” como un actor relevante en el orden internacional, especialmente mediante su influencia y voz contestataria en instituciones multilaterales. En los últimos meses Brasil ha jugado un rol crítico en la forma en que instituciones internacionales como el Fondo Monetario Internacional (FMI) han comprendido y dado manejo a la crisis financiera internacional, pues la presidenta Rousseff considera que los flujos de capitales generados hacia países emergentes han generado una “guerra cambiaria global”.
Las políticas fiscales expansivas de los países desarrollados para enfrentar la crisis han generado una avalancha de capitales hacia los países en desarrollo, lo que eventualmente ha revaluado monedas como el real brasileño, que este año ha sufrido una apreciación de un 7% (alcanzando una cotización de 1,7 a 1,8 dólares), lo que implica una pérdida de competitividad internacional para la industria nacional y una desaceleración del crecimiento interno, que para 2012 se calcula en 2,7%. Las preocupaciones brasileñas se han visto traducidas en discusiones como las correspondientes al proceso de recapitalización del FMI, en las que Brasil condicionó sus aportes a una demostración por parte de países europeos de la adopción de medidas efectivas para afrontar la crisis y acelerar el proceso de redistribución de poder en la entidad, pactado en 2010; asimismo, Brasil ha sentado una voz de protesta por las incapacidades institucionales de la Organización Mundial de Comercio (OMC) y ante jefes de Estado como Angela Merkel y Barack Obama.
Al igual que China, Brasil, en la voz de su ministro de finanzas, Guido Mantega, ha reprochado las recomendaciones del FMI al considerar que “insiste en dar consejos que nadie ha solicitado” sobre los controles a los flujos de capitales, que en el caso brasileño han incluido un fuerte descenso de la tasa de interés referencial Selic desde un 12,5%, a mediados de 2011, hasta un 9% actual, lo que ha implicado una presión gubernamental en los bancos privados para que tomen reducciones similares, especialmente sobre los costos de los créditos al público, con miras a estimular el consumo interno. Además, se ha mantenido una férrea política fiscal, decreciente del gasto público y con altos niveles de ahorro.
La discusión con el FMI y los países desarrollados en crisis sin duda afectó la posición oficial en la elección del nuevo presidente del Banco Mundial, en la que Brasil cuestionó la hegemonía de estadounidenses en la institución y la escasa capacidad de determinación que tienen los países emergentes en este tipo de decisiones. Brasil impulsó la candidatura del colombiano José Antonio Ocampo y, tras el retiro de éste, la de la nigeriana Ngozi Okonjo-Iweala. Aunque finalmente triunfó el candidato apoyado por Estados Unidos, Jim Yong Kim, la discusión sirvió para evidenciar que la hegemonía de los países desarrollados no es absoluta en estas instituciones y que, en el futuro, estas decisiones requerirán procesos más democráticos y plurivocales. Dentro del bloque BRICS, Brasil ha liderado un importante proceso de integración, que eventualmente podrá ejercer influencia global en los países en desarrollo, especialmente por iniciativas como la creación de un banco de fomento para el desarrollo.
Brasil ha afectado activamente la economía internacional mediante medidas que protegen el crecimiento nacional, reclamando a los países desarrollados responsabilidad sobre sus actuaciones sobre la crisis, y demostrando “con el ejemplo” cómo la disciplina fiscal es la mejor defensa contra las fluctuaciones económicas. La crisis bien podría ser una oportunidad para avanzar una agenda política que beneficie los intereses de las economías emergentes, particularmente a los BRICS, y una democratización de las instituciones internacionales.








