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Esta semana la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico—que reúne a los países más prósperos del mundo—invitó formalmente a Chile a ingresar como país miembro. La invitación es un signo contundente de los enormes avances en materia de crecimiento económico y reducción de la pobreza que Chile ha logrado en las últimas dos décadas. La clave del éxito chileno es el rol que el estado juega en la economía. A diferencia del resto de los países de la región latinoamericana, en Chile el estado no se entromete en cada uno de los sectores económicos ni regula al sector privado como si fuera el enemigo. A su vez, el estado chileno ahorra en épocas de crecimiento y mantiene sus cifras macroeconómicas en orden. En consecuencia, en Chile existe estabilidad institucional y capacidad gubernamental para remediar problemas graves de extrema pobreza, vivienda o educación.
Evidentemente, no todo es color de rosa en Chile; en ningún país desarrollado lo es. Lo que diferencia al país trasandino es el consenso básico sobre la estabilidad de las instituciones democráticas y el rol del estado en la economía. A su vez, vale recordar que México también fue invitado a formar parte de la OCDE en 1994 y actualmente se encuentra en serios problemas político-económicos y dista mucho de ser un país desarrollado. La enseñanza chilena debe ser que la prosperidad económica y la construcción de la institucionalidad democrática llevan tiempo y perseverancia, valores que requieren un liderazgo político responsable y dispuesto a consensuar reformas.
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