Empresarios en el poder político
En América Latina, históricamente ha prevalecido un estrecho vínculo entre el sector empresarial y el Estado, en contraste con los países más institucionalizados donde las diferencias entre el poder empresarial y el poder político están claramente separadas.
En otras palabras, aquí los vínculos con el Estado han ayudado a salir de problemas empresariales y han prevalecido políticas que incentivan las prácticas rentistas. A esto, hay que sumar el hecho de que nuestros países han padecido el vaivén de la constante puesta en práctica y posterior desmantelamiento de todo tipo de modelos económicos y políticos.
Este improvisado método de ensayo y error se ha hecho de la mano de mandatarios de todas las estirpes: de derecha, de ultraderecha, de izquierda, de centro, neoliberales, otros en busca de una supuesta ‘tercera vía’, socialistas y hasta comunistas.
La novedad ahora es que está llegando al poder un nuevo tipo de líder político: el empresario. Tal es el caso de Sebastián Piñera en Chile, Ricardo Martinelli en Panamá y Porfirio Lobo en Honduras.
¿Cómo se podría explicar este fenómeno? Para algunos se trata de una reacción a los brotes izquierdistas en la región y a su vez a una reivindicación con el modelo capitalista, pero para otros se trata de una nueva manifestación de protesta contra una clase política tradicional desgastada y anquilosada en las viejas prácticas de hacer política.
Lo cierto es que esto puede tener tanto de lo uno como de lo otro. Si bien para todos es claro que el debate ideológico radical, propio de la Guerra Fría, sigue siendo el factor transversal en la discusión política y un detonador del conflicto en América Latina, la correlación de fuerzas entre los países no se está midiendo realmente entre posiciones ideológicas en el más estricto sentido, sino entre clases.
Es aquí donde se explica la llegada al poder de empresarios acaudalados por un lado; y por el otro, de líderes de sectores históricamente excluidos, trayendo consigo discursos trasnochados de lucha de clases llenos de odio y resentimiento.
La lectura que debemos hacer de lo que está pasando en América Latina debe centrarse en si el triunfo de un Piñera en Chile o un Martinelli en Panamá reequilibra las fuerzas izquierda-derecha en la región, visa el despliegue del proyecto del llamado Socialismo del Siglo XXI.
El objetivo deberá ser tener presidentes que propendan por sacar adelante políticas públicas que beneficien a la mayoría de la población, que respeten las reglas de juego, que tomen decisiones responsables en materia económica, donde si bien es necesario mantener niveles bajos de inflación, también se generen incentivos para el desarrollo del sector productivo, pero a partir de políticas responsables que inviten al consumo, pero también donde las reglas del mercado cobijen a todos por igual, sin prebendas ni exenciones o privilegios.
En otras palabras, ni el hecho de haber sido un empresario exitoso, ni un reivindicador de los pobres y excluidos constituye en sí mismo, a un buen mandatario. Esto sólo se podrá demostrar en la práctica.
¿Por qué el caso chileno es un caso paradójico, particularmente después del triunfo de Sebastián Piñera en las presidenciales? Para todos es claro que Chile es uno de los países más prósperos de la región y como tal, se ha constituido en un ejemplo para el resto de América Latina en muchos sentidos.
Lograron poner en sus justas proporciones el debate ideológico, la Concertación consiguió consolidar un modelo de desarrollo sostenible durante 20 años, acogiendo políticas acertadas del modelo pinochetista, pero a su vez desecharon y condenaron públicamente aquellas acciones tendientes a vulnerar los principios de la democracia o la violación de los derechos humanos; luego perfeccionaron el modelo tras seguir aplicando políticas de libre mercado, de apertura económica y de inmersión al mundo globalizado, conjugando dichas acciones con medidas responsables en materia fiscal y monetaria para así poder poner en práctica políticas sociales realmente estructurales, responsables y sostenibles en el largo plazo.
Pero como en toda democracia, las personas optaron, a partir del voto, por un cambio. No porque pensaran que lo hecho por la Concertación o por la propia presidenta Bachelet fuera inadecuado, sino porque el electorado quería una alternación de poder, así como una aprpopiada rendición de cuentas por parte de una oposición constructiva.
En Chile, a diferencia del resto de los países latinoamericanos, donde fácilmente podemos pasar de un extremo de la balanza al otro en un sólo abrir y cerrar de ojos, han aprendido a darle continuidad a las políticas públicas que han resultado exitosas, y así minimizar al máximo la improvisación.
Otras razones que pueden explicar el triunfo de Piñera a pesar de que su antecesora deje el poder con un 81 por ciento de aprobación entre sus conciudadanos, son la fractura que sufrió la Concertación en su interior. No todos estaban de acuerdo con que Eduardo Frei fuera su candidato oficial, no sólo porque ya había ejercido la presidencia en el pasado y con su candidatura impedía indirectamente el surgimiento de nuevos liderazgos, sino que su figura en sí es poco carismática, por decirlo menos.
Todo esto a pesar de la gran popularidad de su Presidenta en ejercicio. ¡Buena lección! Los votos no son endosables. La popularidad la tiene Michelle Bachelet y no la Concertación.
Teniendo esto claro, hábilmente Piñera supo transmitir un mensaje de continuidad en las principales y más exitosas políticas de su antecesora mitigando así cualquier costo político que pudiera persistir frente a su pasado pinochetista.
¿Quién es entonces Sebastián Piñera? En palabras sencillas se le podría definir como un político de centro-derecha, militante del Partido Renovación Nacional y además, exitoso empresario. Pero hay varios elementos de la vida de este doctor en economía que lo hacen complejo e interesante, más aún teniendo en cuenta lo que representa su triunfo en el marco de la actual coyuntura política, no sólo chilena, sino latinoamericana.
Es interesante por ejemplo destacar cómo un exitoso y prolífero empresario puede llegar a la primera magistratura de su país sin ser estigmatizado por sus compatriotas. Esto muestra gran madurez democrática, sobre todo si somos conscientes de cómo en nuestros países latinoamericanos hipócritamente se critica y se estigmatiza el éxito empresarial.
No obstante ello, como empresario, Piñera, además de haber tenido un muy buen olfato para los negocios desde joven, lamentablemente también se vio involucrado en complicados escándalos a lo largo de su vida empresarial. Todos ellos salieron a relucir en la reñida contienda electoral y los votantes estaban claramente alertados. Asi mismo, Piñera supo afrontar hábilmente dichas controversias.
Este aspecto nos permite hacer la última reflexión y es la de juzgar a nuestros gobernantes objetivamente. Ni estigmatizarlos de entrada ni ponerles un aura de triunfo y éxito antes de realmente poder demostrarlo. Chile es nuestro faro en América Latina, esperemos que Piñera logre no sólo cumplir con las expectativas, sino también afinar la buena obra que en su país se ha realizado, tanto en el perfeccionamiento de su sistema democrático, como en el buen desarrollo de políticas públicas de corte liberal con un positivo impacto en materia social, política y económica.
El reto no es menor, teniendo en cuenta su estirpe de empresario millonario y su posición antagónica frente a los líderes del llamado Socialismo del Siglo XXI y su nueva llamada ‘boliburguesía’.
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