El riesgo de bajar precios y tarifas en Bolivia
En las políticas públicas recientes en Bolivia predomina una cierta obsesión por los precios. Hay nerviosismo si suben y por eso un gran empeño para que bajen. Hace unos días se acordó una rebaja de tarifas eléctricas y semanas atrás se instauró juicio contra empresas que aumentaron el precio del pollo. Para bajar los precios del gas licuado hace algunos años se eliminó a los intermediarios y prohibieron vender garrafas en las tiendas. Pero los precios son solamente indicadores, no reemplazan a la realidad.
En efecto, los precios son indicadores que, aunque parecen sencillos sin embargo resultan de procesos muy complejos. En la producción de cada objeto se usan otros productos que a su vez fueron producidos por mucha gente y en otros lugares, también máquinas que son el resultado de la creatividad de ingenieros. Cada uno de esos objetos, de esas máquinas y de esos trabajadores tiene una remuneración, o se obtiene su concurso con un precio que, por eso, está entrelazado e interactúa con todos los demás hasta llegar al precio final. Alterar este último puede, a su vez, alterar los equilibrios y las relaciones en toda la cadena, pudiendo incluso romperla.
La suma de los costos se toma en cuenta al fijar los precios, pero ningún productor o comerciante se basa solamente en esos datos. También toma en cuenta si tiene competencia y cuáles son sus precios, y si los posibles compradores tienen dinero suficiente para comprar su producto o si, por el contrario, optarán por ignorarlo.Los precios pueden bajar, y de hecho lo hacen, cuando hay competencia y aparecen innovadores que producen lo mismo a costos más bajos. Pero bajar precios por decisión política es inapropiado porque puede generar más problemas de los que resuelve.
Ese puede ser el caso del pollo. Los más eficientes seguramente aguantarán una rebaja de uno o dos pesos el kilo, pero los menos eficientes, que suelen ser los más pequeños y con menos inversión en tecnología, podrían empezar a perder con esa rebaja y verse obligados a cerrar sus granjas. Al final, puede resultar que algunos consumidores ganen con la rebaja, pero algunos productores, y sus empleados, pierdan tanto que se retiren. Si eso ocurre, la oferta total de pollo se reducirá y, ante la escasez, algunos consumidores empezarán a pagar más por el pollo.
El caso de la electricidad es diferente. Aunque hay varios productores, se trata de un mercado regulado porque casi siempre hay un solo distribuidor. Regulado quiere decir que los precios son fijados a base de acuerdos políticos. Pueden entonces bajarse los precios a costa de las utilidades y los consumidores saldrían ganando. Pero, ¿qué pasa en un caso como el nuestro, en que la cobertura del servicio es incompleta?
Al sacrificarse las utilidades también se limita la capacidad de inversión de la empresa, y por tanto se retrasan sus planes de expansión. En ese caso quienes salen perdiendo son los que no tienen acceso al servicio. En nuestro caso hablamos de los pobladores más pobres. Ellos tendrán que seguirse alumbrando con velas o deberán acortar su jornada: trabajar menos, estudiar menos, ganar menos, seguir siendo pobres.
La preocupación por los precios es una preocupación por los indicadores más que por los procesos. Muchas de las políticas recientes están buscando modificar los indicadores sin tomar en cuenta los procesos. El resultado es el mismo, el autoengaño. Tarde o temprano, otros indicadores dirán que fue un error. Por ejemplo, hay que estar atento a la cantidad total de pollo que se producirá en el futuro y a la cantidad de granjas y empleos que genera la industria avícola.
El bienestar de la gente está muy relacionado al consumo, es verdad. Pero éste no mejora en cantidad y calidad con reducciones de precios, sino con aumentos de ingresos. Y para que los ingresos aumenten es necesario que la economía crezca, que hayan inversiones que generen empleos y aumenten los sueldos para atraer a los trabajadores más competentes, que se expandan los mercados. Si de verdad se quiere acabar con la pobreza, necesitamos abundancia. Sólo produciendo más y mejor tendremos mejores precios y mayor bienestar. La política económica debería estar más concentrada en los procesos que en los indicadores.
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