Gestión del riesgo sistémico financiero
El enfoque de las normativas financieras y la supervisión bancaria precisa revisarse tras la crisis global que se desató desde el sector hipotecario estadounidense y cuya vigencia sigue inquietando a los mercados. Además de mayor atención al tema de liquidez, un paso importante es darle una perspectiva sistémica a la regulación bancaria.
Esto significa que, más allá de las normas impuestas individualmente a las instituciones financieras, se evalúe el sistema financiero en su conjunto. El supuesto en la normativa actual es que, si cada intermediario financiero aplica los reglamentos que se le exigen – en el caso de bancos internacionales, por ejemplo, las pautas del Acuerdo BIS II -, se conseguirá mantener estable la totalidad del mercado financiero. Este enfoque lo cuestionan J. Eatwell y A. Persaud:
“…En la práctica, las reglamentaciones se concentran enteramente en la toma de riesgos por cada firma individualmente. Es una falacia de composición pensar que, si un buen comportamiento es alentado en el ámbito de cada compañía, el sistema ‘cuidará de sí mismo’.”
En tal sentido, un reporte de mediados de 2005 cobra vigencia. Se trata de una propuesta para la estabilidad financiera realizada por varios de los más importantes bancos internacionales, agrupados en la organización CRMPG (si bien uno de ellos es Bear Stearns, el cual recientemente precisó la intervención del Banco Central estadounidense para mantenerse operativo). A partir de este documento se puede entender mejor lo que es el riesgo sistémico financiero.
El calificativo “sistémico” es explícito en cuanto a que supone una inestabilidad que afecta a todo el sistema financiero en lugar de a un puñado de intermediarios financieros. Ahora bien, es preciso delimitar cuándo surge un problema a tal escala. Siguiendo el informe señalado:
“Como punto de partida, una distinción debe ser trazada entre desórdenes financieros [‘financial disturbances'] y potenciales conmociones financieras sistémicas [‘systemic financial shocks']. Los desórdenes financieros surgen con alguna frecuencia y pueden tener su origen en factores que van desde un evento geopolítico como el 11 de septiembre hasta la quiebra de una corporación específica (financiera o no financiera). En cualquier caso, los desórdenes financieros carecen de los rápidos efectos de contagio presentes en una conmoción financiera. La ausencia de este rápido y amplio efecto de contagio puede atribuirse a varios factores, incluyendo: (1) que el evento fue anticipado; (2) las respuestas de política pública y privada son veloces y decisivas o (3) el episodio no genera aprehensión generalizada respecto a pérdidas crediticias actuales o potenciales que puedan comprometer la capacidad de las contrapartidas financieras para cumplir con sus obligaciones(*). Los problemas relacionados con el riesgo de crédito (…) son de especial interés porque -como hemos visto en varias ocasiones – los mercados financieros son bastante capaces de lidiar con desórdenes financieros mientras los problemas de crédito no sean percibidos como una amenaza inminente. La experiencia también demuestra el hecho de que el miedo a grandes pérdidas crediticias es frecuentemente la variable clave mediante la cual los desórdenes financieros se convierten en conmociones financieras sistémicas” (**).
En tal sentido, la reciente crisis de las “hipotecas basura” (subprime mortgages) es un ejemplo de cómo un desorden financiero -particulares incapaces de pagar hipotecas al aumentar la tasa de interés- se transforma en una conmoción sistémica cuando los bancos comienzan a recelar mutuamente respecto a su calidad crediticia. Los propios intermediarios financieros se preguntan qué bancos y qué instituciones se han quedado tanto con las hipotecas originales como con los títulos financieros que las tienen por subyacente. El mercado de crédito “se seca”: nadie quiere prestar salvo a márgenes desorbitados, lo cual alimenta aún más el riesgo de crédito. Precisamente la dilución de la frontera entre riesgo de crédito y riesgo de mercado caracteriza las conmociones financieras. Y es por esto que cobra importancia el riesgo de liquidez, hasta ahora atendido marginalmente en la literatura.
El reporte del CRMPG aborda las dos componentes del riesgo de liquidez: liquidez de activo (‘asset liquidity’) y liquidez de financiación (‘funding liquidity’):
“La liquidez del activo significa la capacidad del mercado para vender o cubrir un instrumento financiero o cartera de inversión. Puede estimarse observando el margen entre cotización para compra y para venta [bid/offer spread] y analizando el volumen de transacciones que puede ser completado dentro de un plazo determinado sin cambio significativo en el precio.
La liquidez de financiación es la habilidad para mantener fuentes de crédito para un instrumento financiero o cartera de inversión. Puede estimarse comparando el período de tiempo máximo que se espera mantener la inversión [holding period] – que en algunos casos puede ser hasta que el instrumento expire [final maturity]- y el plazo de financiación disponible para esta inversión. Mientras más dilatado sea el horizonte para vender un activo o cartera, mayor la necesidad de extender su financiación”.
(*) El término “contrapartida” (‘counterparty’, en inglés) es un neologismo para referirse a “la otra parte” o “parte contraria” en una operación financiera (para un vendedor, la contrapartida es el comprador). Este término castellano se usa, con otro significado, en contabilidad.
(**) El CRPMG identifica tres crisis sistémicas entre 1980 y 2005: la suspensión de pagos asociada a deuda externa emitida por economías emergentes (1982-1989); el crac bursátil estadounidense de 1987 y el cóctel de 1998 (estallido de la burbuja asiática, moratoria en Rusia y la casi quiebra del hedge fund Long Term Capital Management).
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