Del futbol, la política y algo más: el mundo tiene la mira puesta en un balón
Desde hace una semana se dio inició a uno de los eventos deportivos más importantes de la humanidad, el mundial de futbol que se celebra cada cuatro años. Este es uno de los grandes acontecimientos que tiene la característica de transformar los países representados por algunos de los equipos que efectivamente lograron un cupo, la vida de la sociedad en general, y por obvias razones la vida del fanático. Si los horarios no concuerdan con nuestro huso horario, nos trasnochamos o nos levantamos más tempranos para disfrutar del partido; si los partidos concuerdan con el horario de trabajo nos acomodamos para verlos, así nos toque escondernos o simplemente celebrar los goles en silencio. En algunas ocasiones adelantamos vacaciones o en otras se renuncia para disfrutarlo.
En definitiva el futbol tiene la cualidad de detener el tiempo y además de encadenarnos frente a la “cajita mágica” que nos brinda los goles, las faltas, las más grandes jugadas y las figuras más importantes en tiempo real y bueno, para los que no podemos darnos el lujo de sentarnos frente al televisor, tenemos internet que nos permite ver y disfrutas los partidos sin levantarnos de nuestros escritorios.
El futbol es pasión, despierta en el ser humano emociones racionales y en algunas ocasiones irracionales; une a los pueblos separados por situaciones políticas como sucedió en Italia 90’, cuando Alemania se encontraba en un proceso de reunificación. Es culpado de ser detonante de guerras, como en las eliminatorias para el mundial 70’ cuando Honduras y el Salvador se vieron envueltos en un conflicto que sólo duro cuatro días pero que dejó entre 2.000 y 6.000 muertos.
Pero definitivamente, nos guste o no, el amo por estas semanas es el deporte rey, olvidamos lo que sucede en el mundo, las noticias más importantes quedan relegadas a un segundo plano; es decir, funcionamos –como bien lo plasma el comercial de Rexona– como zombis.
A diferencia de otros hechos sociales, el futbol tiene la cualidad de unirnos independientemente de la raza, el sexo y la condición socio-económica. Cuando vamos al estadio es para apoyar a nuestro equipo, sin importar si vivimos en el sur o en el norte, si somos hombres o mujeres, es decir es de los pocos hechos sociales que nos permite unirnos y en una misma voz cantar unísona, “Gol”.
Al igual que en la política existen contrincantes. Defendemos a nuestro equipo, como defendemos a nuestro candidato. Nos convertirnos en técnicos expertos y en directores de campaña.
Con nuestras opiniones creemos ser los dueños absolutos de la verdad, en dos horas de discusión acalorada, al país lo arreglamos y lo liberamos de los problemas. En el caso de un partido, en noventa minutos creamos jugadas, hacemos cambios imaginarios y les damos consejos a los técnicos (obvio ellos no saben que existimos) para logar lo impensable, ganarle a equipos tan grandes como Brasil, Argentina, Alemania o al mismo Italia.
El deporte rey, así como la política, nos da la posibilidad de convertirnos en estrategas y exponer nuestras ideas, no siempre en los mejores términos y no siempre siendo tolerantes con los contrincantes, pero es innegable que tanto el futbol, como la política nos mueve y nos lleva a sentir pasión, en ocasiones desilusión, pero definitivamente cuando gana nuestro equipo o candidato nos desbocamos en sentimientos de felicidad que recompensan las discusiones, los nervios y el estrés producidos antes de la victoria.
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