REVISTA LATINOAMERICANA DE POLÍTICA, ECONOMÍA Y SOCIEDAD Jueves 29 de Julio de 2010
     
   
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Edición No 20
       
     
   
EDICION No 20  
Política exterior latinoamericana en el actual (des)orden mundial  
   
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  Ideas para una política exterior chilena hacia Latinoamérica
    Ángel Soto
 

 

 

Ideas para una política exterior chilena hacia Latinoamérica
Ángel Soto. Profesor de la Universidad de los Andes. Director Instituto Democracia y Mercado. Chile

La política exterior chilena es una política de Estado. La maneja el presidente de la república y debe estar por encima de los intereses partidistas o gobiernos de turno que la administren. Su mirada ha de enfocarse en preservar a las generaciones presentes y futuras, y se caracteriza por ser respetuosa de los tratados vigentes y de los instrumentos jurídicos del derecho internacional. Tiene como objetivo defender los intereses permanentes de la nación, incrementar la imagen país y potenciar sus fortalezas nacionales en el marco de la más amplia libertad, cooperación, apertura e integración con el mundo.

En ese sentido, si bien los intereses chilenos como país exportador están básicamente en otras latitudes (Estados Unidos, Europa, Asia), resulta fundamental que un nuevo gobierno refuerce su presencia en América Latina, la cual ha sido una región prioritaria en los últimos años.

Es importante para los chilenos que ésta sea un área primordial, en la que se estrechen vínculos comerciales, políticos y en especial culturales con todos los países, pero particularmente con nuestros vecinos: Argentina, Bolivia y Perú. Desde ese punto de vista, un eventual gobierno de la actual Alianza por Chile, coalición opositora, debiera fortalecer los vínculos latinoamericanos, creando un espacio de solidaridad que contribuya al desarrollo e integración regional con base en un regionalismo abierto cuyos pilares son el emprendimiento, el libre comercio, el fortalecimiento de la democracia, el funcionamiento de las instituciones y el Estado de derecho, el respeto a las soberanías nacionales y los derechos humanos, pero también debe ser parte de nuestra política exterior fomentar un conocimiento mutuo entre países afines culturalmente.

Es evidente que en muchas oportunidades el ciudadano del común ve las relaciones entre los países vecinos como lejanas y una cosa de élites que mayormente no lo afectan. Así mismo, hay una escasa preocupación por intercambiar conocimientos con el otro, con aquel que está más allá de las fronteras, pero con los que nos unen una cultura, un lenguaje, una historia y una identidad compartida. En concordancia con ello, no sorprende (más bien lamentamos) el poco estudio de la historia latinoamericana en los colegios, como la escasa dedicación a los estudios latinoamericanos que hay en las universidades chilenas, en pre y post grado: pocas asignaturas en los currículos de las carreras, escasa extensión (conferencias), mínimos recursos para centros de estudios que buscan abrirse un espacio, todo lo cual se traduce en una investigación modesta que con esfuerzo, no traspasa más que los pequeños ámbitos del mundo intelectual. Del mismo modo, la atención que se da a América Latina en los medios de comunicaciones es más bien pobre –con honrosas excepciones– lo cual se refleja en un profundo desconocimiento regional.

¿Cómo ir avanzando?
La inserción de la región latinoamericana debe ser concordante con la voluntad de mejorar las relaciones entre los propios países que la componen, y conseguir una interlocución con naciones que influyen en esta. La más importante es Estados Unidos. Desde ese punto de vista, al igual que el resto de los países latinoamericanos, debiéramos plantear una política distinta de la que históricamente estamos acostumbrados, vale decir, de colaboración más que de enfrentamiento con la nación del norte. Los países de la región deben pensar en cómo invitar a Estados Unidos a ser “socio” de nuestro desarrollo, más que quedarse esperando a que las iniciativas vengan desde el norte o culpándolas de nuestros males. ¿Qué le ofrece América Latina a Estados Unidos?

En segundo lugar, Chile ha logrado –tras una década de los setenta marcada por la tensión fronteriza– una convivencia en el marco de la confianza con sus vecinos. Si bien existen dificultades como la cuestión de Campo de Hielo, los problemas de gas, Laguna del Desierto y recientemente la demanda de Perú por el límite marítimo, éstos se enmarcan en un ámbito estrictamente bilateral, el cual ha ido perfeccionándose. Acorde con lo expresado al comienzo de este artículo, nuestra política se caracteriza por defender de la solución pacífica de las controversias, reiterando la suscripción a la prohibición de la amenaza o uso de la fuerza en las relaciones exteriores, tal como se establece en la Carta de Naciones Unidas.

Sin embargo, a diferencia de lo ocurrido hasta ahora, donde las agendas se han subordinado a los requerimientos de otros países, un nuevo gobierno debiera tener un cambio en el sentido de lograr que nuestros intereses sean los que determinen nuestra agenda y no los externos.

Como ya lo expresó la Comisión de Relaciones Exteriores de la Alianza por Chile, la política exterior del país adquiere autonomía cuando resuelve su dependencia (por ejemplo, en temas sensibles como el gas) de acuerdo con el libre mercado, buscando soluciones más allá de la región y situándonos como un Estado abierto e interrelacionado con el mundo.

¿Qué hacer?
En primer término debiera existir un compromiso mayor con los temas de interés regional, tales como la lucha contra la pobreza. Lo ideal es que a todos los países les vaya bien, pero especialmente a nuestros vecinos. También es importante trabajar en conjunto por modernizar la política, combatir la corrupción, luchar contra el narcotráfico, controlar el terrorismo y fomentar el respeto al medio ambiente. Hemos de asumir como Latinoamérica un compromiso ambiental acorde con las necesidades de nuestro desarrollo y en concordancia con la libertad económica, sin fundamentalismos que impiden el progreso y condenan a los pobres a mantenerse en esa condición.

La mirada de la Alianza fomentaría una mayor cooperación entre privados y sociedades civiles, con el fin de contar con una mayor integración en materia comercial, cuyos principales impulsores serian privados. Para ello, se requiere un apoyo que esté focalizado en los pequeños y medianos empresarios, que debieran insertarse en los mercados regionales, teniendo como base los acuerdos de libre comercio y complementariedad existentes, así como también la ampliación con los países en los que aún existan trabas. Han de ampliarse el comercio de servicios, acuerdos de doble tributación y una descentralización, que permita la interactividad en las provincias sin pasar por los gobiernos centrales.

En un plano de las alianzas estratégicas, si bien con Argentina debiéramos mantener una relación especial, Chile habrá de tener aliados estratégicos como Brasil, México y Colombia. Conseguir con ellos alianzas, que sean capaces de proponer acciones conjuntas al resto del continente.

Desde esa óptica, nuestra relación con Brasil –junto con reconocer su protagonismo regional– debe estrecharse en los terrenos económicos, políticos y culturales. Así, por ejemplo, cada vez se hace más imprescindible contar con corredores bioceánicos a través del norte de Chile que podrían integrar a Bolivia. Del mismo modo, podríamos aprovechar la colaboración brasileña con Asia y conseguir su ingreso por medio de nuestros puertos. En materia militar, hay que reforzar las maniobras conjuntas con Brasil, al igual que como se realiza con Argentina. La experiencia de participación de tropas combinadas en Misiones de Paz, como por ejemplo Haití, hace necesarios un conocimiento y una coordinación que mejorarán su capacidad de acción en las tareas encomendadas por la comunidad internacional.

En otro ámbito, Chile debiera convertirse en una plataforma de negocios para Latinoamérica. Aprovechar su conocimiento y experiencia, su sistema financiero, así como también servir de referencia en materia de educación superior.

Aquí nos encontramos con una diferencia sustancial de lo obrado hasta ahora. Un gobierno de la Alianza priorizará el fomento de la cultura regional, ya que Latinoamérica, y en particular Suramérica, son importantes también en las percepciones de la opinión pública externa respecto a Chile y al interior de nuestro país. Prejuicios contrarios y juicios a favor hacen urgente contar con un programa que ponga su énfasis en la cooperación cultural. Para ello podría fomentarse que estudiantes extranjeros de pre y posgrado se perfeccionen en Chile, se mejore la relación en cuanto a investigación a través de la formación de equipos de trabajos y se promueva la presencia cultural chilena en la región y viceversa.

Unas palabras para terminar
Chile es una nación que desde hace casi 35 años (1975 a la fecha) se fundamenta en los principios de la sociedad libre y, consecuente con ello, debe contribuir al crecimiento económico, a la estabilidad democrática, a la seguridad regional. Hacerlo significa desarrollar caminos bilaterales o multilaterales sin exclusiones, con base en una comunidad regional de naciones desde la ciudadanía, y no desde la imposición burocrática supranacional, caracterizada más bien por el pago de favores políticos a sus funcionarios, que por conseguir acuerdos concretos en las relaciones entre países. La tentación a crear “instancias” y organismos en América Latina es un mal demasiado arraigado, el cual debe contenerse; más bien hay que aprovechar los ya existentes mediante su fortalecimiento.

En síntesis, la política exterior de Chile hacia América Latina deberá tender a reforzar su compromiso con la libertad regional, con esa libertad política y económica que, basada en el emprendimiento individual con un apoyo del Estado subsidiario, es el camino para que nuestros países avancen hacia el desarrollo.
 

 
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