“En las obras maestras plásticas, literarias o musicales, siempre queda una zona de sombra que escapa a la aprehensión racional, que penetra lo más recóndito de la persona como una revelación súbita, intransferible y personal”. Mario Vargas Llosa. Pintores en la Costa. El País, 20-IX-2009
Uno de los retratos en ficción más extremos respecto al totalitarismo, en especial su versión comunista, lo ofrece la obra El Palacio de los Sueños, de Ismaíl Kadaré (Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2009).
La alegoría se hace a partir de este planteamiento: el Estado imperial, que se localiza en suelo albanés, ha establecido una institución denominada Tabir Saray, cuya misión es recopilar e interpretar diariamente los sueños que han tenido los ciudadanos la noche anterior. Cada súbdito ha de consignar cada mañana el relato del sueño que ha tenido y este informe se envía al Tabir Saray desde todas las localidades que integran el imperio. El objetivo es encontrar un sueño maestro, el cual contiene la interpretación sobre un acontecimiento político. Se ofrece recompensa a quien tenga un sueño con ese mensaje secreto sobre el porvenir político y social.
Tal sueño maestro puede revelarse a cualquiera. Como dice un empleado del Tabir Saray: “Alá lanza su sueño premonitorio sobre la superficie del globo terráqueo con idéntico descuido con que arroja una estrella o un rayo, o acerca de pronto a nosotros un cometa extraído de quién sabe qué ignotas profundidades del cosmos. Así pues, Él arroja su señal sobre la Tierra sin fijarse donde acaba yendo a parar, pues desde las alturas donde Él se encuentra no presta atención a esos detalles que para nosotros resultan trascendentales. Es tarea nuestra vigilar a dónde viene a parar ese sueño…”.
El joven Mark-Alem es miembro de una familia que ha venido prestando servicios al Estado desde tiempos antiguos. Gracias a ese influyente linaje, los Quyprilli, Mark-Alem consigue un empleo en el Tabir Saray y ascenderá fugazmente, ascendiendo por los departamentos de Selección e Interpretación, y alcanzando la dirección máxima del organismo. En el proceso, se irá tornando más absorto y atemorizado por lo que va descubriendo en la siniestra rutina de esa institución donde se reciben y analizan los más íntimos secretos mentales de sus conciudadanos. Como advierte un pariente a Mark-Alem: “La vida de un hombre queda perturbada para siempre una vez que se encuentra atrapado en los engranajes del poder, pero eso no tiene parangón con el drama de un pueblo entero prisionero de ese mecanismo”.
Mark-Alem experimenta el tedio de esa tarea al mismo tiempo titánica y ridícula que es escarbar en los sueños. Quienes entran al palacio se sienten de alguna manera atrapados en una dimensión nueva y hermética. En cualquier caso, un colega del Tabir Saray le recuerda a Mark-Alem que al fin y al cabo quienes están allí dentro siguen siendo individuos con limitaciones: “… Me juego el cuello a que no se enteran de nada, lo hacen por pura rutina, simulan devanarse los sesos en descubrir sus mensajes ocultos, cuando en realidad dedican el tiempo a pensar en sus mezquinos problemas familiares, en el sueldo que no les llega o qué se yo en qué otros asuntos”.
Mark-Alem capta el riesgo de que el mecanismo falle por esas pequeñeces. La trascendental misión del Tabir Saray peligra porque entraña una dinámica estrictamente humana: “En ciertos momentos tenía la certeza de que en aquella labor no se podía sino cometer errores y que sólo por pura casualidad podría alguien llegar a una conclusión acertada”.
De allí que corran rumores respecto a que muchas veces el supuesto sueño maestro es realmente una interpretación intencional dada desde el gobierno, una orden por la cual a un sueño se le da un sentido intencionalmente favorable al poder.
El terror por lo que ocurra dentro del Tabir Saray alcanza a la familia de Mark-Alem. Los Qyprilli están sometidos a los vaivenes existentes en el poder estatal. Ascienden y se precipitan según el capricho del soberano. Y en cierta medida lo que pretenden al colocar a Mark-Alem en el Palacio de los Sueños es que él descubra cualquier sueño peligroso para los intereses familiares.
Lo que el gobierno intenta en esta obra es lograr el anhelo supremo de cualquier régimen totalitario: suprimir al individuo. Apoderarse de la dimensión última que le reste de libertad. Socializar los sueños, convertirlos en asunto estatal, significa reducir a la masa el último vestigio de libertad individual. En un párrafo de la obra, Mark-Alem percibe cómo este propósito termina siendo absurdo: “… Pronto pensó que el insomnio de un individuo debía de ser radicalmente distinto del insomnio de todo un pueblo”. Incluso la mayor tecnología al servicio de la dictadura estatal es incapaz de apropiarse de un espacio individual que siempre se mantiene libre. En la alegoría de Kadaré, tal dimensión es precisamente la ilógica, la irracional, la más inteligible para el individuo. Ahora bien, esa libertad es la que nos hace precisamente humanos. A ello se refiere esta frase de la obra: “… A la gente puede culparla de muchas cosas, sobre todo de ser perezosa. Pero nunca de falta de sueño. Todo el mundo duerme…”.
Y en efecto, aun intentando anularlo por completo, la más bella igualdad que existe entre los seres humanos es que todos somos libres. Todos somos incapaces de ser sometidos totalmente por una fuerza externa. Esta es la imagen fundamental que puebla el libro. Ningún totalitarismo consigue adueñarse en su totalidad del ser humano.
Y es que somos eso, azar, impredecibilidad, emoción y misterio. Por ello fracasa todo intento totalitario y especialmente comunista. El ser humano es ilógico, incoherente y capaz de infinitas posibilidades. El pensamiento nunca cede por completo a una fuerza institucional.
Un grave desacierto en regímenes como el existente actualmente en Venezuela es que la discusión pública se limite a comentar sobre la gestión gubernamental. Agota leer los periódicos venezolanos cuya sección de opinión está enteramente consagrada, con escasas excepciones, a atacar o elogiar los discursos y actos emprendidos por el presidente Chávez. Por más urgente que sea cambiar el estado de cosas vigente en Venezuela, dedicar todo el discurso y el debate a ese personaje sólo consigue ir agotando la libertad individual, y puesto que se empobrece la capacidad para pensar en otra cosa, para abrir la mente a otros asuntos, para vislumbrar lo que hay más allá de las fronteras venezolanas. Sin brindar opciones ideológicas, sin proponer nuevas ideas, sin ofrecer otros horizontes, muchos opositores a Chávez lo que consiguen es prolongarlo en la mente de cada ciudadano y cumplen involuntariamente el propósito totalitario. La mejor forma de negar la revolución chavista es ofrecer un nuevo mundo de pensamientos a los ciudadanos, en lugar de una negativa explícita. La pequeñez del totalitarismo se evidencia, precisamente, ante la grandeza humana.
En su obra, Kadaré deja claro que el misterio humano es inaprensible por las tiranías. Uno de los personajes menciona: “¿Qué otra cosa esperas que surja de los territorios del sueño? (…) Son prácticamente los mismos que los de la muerte”.
En efecto, lo humano es completamente opuesto a la lógica totalitaria. Un ser humano será siempre libre, precisamente, en sus dimensiones más metafísicas, porque siempre existirá una metafísica humana pero nunca una metafísica burocrática o del poder.